inclemente luz solar de aquel terrible junio, se hallaba el extraño prodigio, la insólita rutina de los marcianos en el foso. Permitidme regresar a aquellas primeras experiencias mías. Tras mucho tiempo me aventuré a volver a la mirilla, para descubrir que los recién llegados habían sido reforzados por los ocupantes de nada menos que tres de las máquinas de combate. Estas últimas habían traído consigo ciertos aparatos nuevos que se encontraban dispuestos de manera ordenada en torno al cilindro. La segunda máquina manipuladora estaba ya terminada, y se ocupaba de atender uno de los ingenios novedosos que la gran máquina había traído. Este era un cuerpo parecido en su forma general a una lata de leche, por encima del cual oscilaba un recipiente en forma de pera, y del cual brotaba un chorro de polvo blanco que fluía hacia una cubeta circular situada debajo.
El movimiento oscilatorio era impreso a esto por uno de los tentáculos de la máquina manipuladora. Con dos manos espatuladas, la máquina manipuladora excavaba y arrojaba masas de arcilla al recipiente en forma de pera que había arriba, mientras que con otro brazo abría periódicamente una puerta y extraía escorias oxidadas y ennegrecidas de la parte central de la máquina. Otro tentáculo acerado dirigía el polvo de la cubeta por un canal acanalado hacia algún receptor que el montón de polvo azulado me ocultaba. De este receptor invisible, un pequeño hilo de humo verde ascendía verticalmente en el aire tranquilo. Mientras miraba, la máquina manipuladora, con un débil y musical tintineo, extendió, a modo de telescopio, un tentáculo que un momento antes no era más que una simple protuberancia roma, hasta que su