Hacia las tres comenzó a oírse el estampido de un cañón a intervalos regulares desde Chertsey o Addlestone. Supe que estaban bombardeando el pinar humeante en el que había caído el segundo cilindro, con la esperanza de destruir aquel objeto antes de que se abriera. Sin embargo, no fue hasta eso de las cinco cuando llegó un cañón de campaña a Chobham para ser utilizado contra el primer grupo de marcianos.
Alrededor de las seis de la tarde, mientras tomaba el té con mi esposa en el cenador, discutiendo acaloradamente sobre la batalla que se nos venía encima, oí una detonación amortiguada procedente del páramo y, casi inmediatamente después, una ráfaga de disparos.
Poco después se oyó un violente estruendo metálico, muy cerca de nosotros, que hizo temblar la tierra; y, al salir corriendo al césped, vi las copas de los árboles que rodeaban el Colegio Oriental estallar en una llama roja y humeante, y la torre de la pequeña iglesia de al lado venirse abajo en ruinas.
El pináculo de la mezquita había desaparecido, y la línea del tejado del colegio mismo parecía como si un cañón de cien toneladas hubiera estado trabajando en él. Una de nuestras chimeneas se rajó como si le hubiera dado un proyectil, saltó por los aires, y un trozo de esta cayó tintineando sobre las tejas y formó un montón de fragmentos rojos rotos en el arriate junto a la ventana de mi estudio.
Mi esposa y yo nos quedamos perplejos. Entonces me di cuenta de que la cima de Maybury Hill debía de estar dentro del alcance del Rayo de Calor de los marcianos, ahora que el colegio ya no estorbaba.
Ante aquello agarré a mi mujer del brazo y, sin contemplaciones, la saqué corriendo a la carretera. Luego fui por la criada y le dije que subiría yo mismo por la caja que tanto reclamaba.
—No podemos quedarnos aquí de ningún modo —dije; y mientras hablaba, el fuego se reanudó por un momento sobre el páramo.