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nydus/The War of the WorldsPublic
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VIII. Londres muerto

Y al mirar esta vasta extensión de casas, fábricas e iglesias, silenciosa y abandonada; al pensar en las multitudinarias esperanzas y esfuerzos, en las innumerables huestes de vidas que habían contribuido a levantar este arrecife humano, y en la rápida y despiadada destrucción que se habí cernido sobre todo ello; al darme cuenta de que la sombra se había disipado, de que los hombres aún podrían vivir en las calles, y de que esta querida, inmensa y muerta ciudad mía volvería a estar viva y poderosa, sentí una ola de emoción muy cercana a las lágrimas.

El tormento había terminado. Incluso ese mismo día comenzaría la curación. Los supervivientes del pueblo dispersos por el país —sin líderes, sin leyes, sin comida, como ovejas sin pastor—, los miles que habían huido por mar, empezarían a regresar; el pulso de la vida, cada vez más fuerte, volvería a latir en las calles vacías y a desbordarse por las plazas desiertas. Por mucha que fuera la destrucción causada, la mano del destructor se había detenido. Todos los esqueletos descarnados, las carcasas ennegrecidas de las casas que miraban con tanta desolación hacia la hierba iluminada por el sol en la colina, resonarían pronto con los martillos de los restauradores y retumbarían con el repiqueteo de sus ⭐cucharas⭐. Al pensarlo, extendí mis manos hacia el cielo y comencé a dar gracias a Dios. En un año, pensé —en un año…

Con fuerza abrumadora acudió el pensamiento de mí mismo, de mi esposa y de la vieja vida de esperanza y tierna ayuda mutua que había cesado para siempre.

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