podido jurar que se había retirado. Al poco rato, con un chasquido seco, agarró algo —¡creí que me había atrapado!— y pareció salir de nuevo del sótano. Durante un minuto no estuve seguro. Aparentemente se había llevado un trozo de carbón para examinarlo.
Aproveché la oportunidad para cambiar ligeramente de postura, que se me había vuelto incómoda, y luego escuché. Susurré apasionadas plegarias pidiendo seguridad.
Entonces escuché el sonido lento y deliberado que volvía arrastrándose hacia mí.
- Lenta, lentamente se acercaba, rasguñando las paredes y golpeando los muebles.
Aun abrigando dudas, golpeó con fuerza contra la puerta de la bodega y la cerró. Oí que entraba en la despensa, y las latas de galletas tintinearon y una botella se rompió, y luego sonó un golpe sordo contra la puerta de la bodega. Después, un silencio que se transformó en una infinidad de suspense.
¿Se había ido?
Por fin decidí que sí.
No volvió a entrar en el fregadero; pero yacía todo el décimo día en la oscura cercanía, enterrado entre carbón y leña, sin atreverme siquiera a arrastrarme en busca de la bebida que tanto anhelaba. Fue en el undécimo día cuando me aventuré a salir tan lejos de mi refugio.