Al amparo de esto avancé, empapado y tiritando ya, hacia mi propia casa. Caminé entre los árboles tratando de encontrar el sendero. Estaba muy oscuro en verdad en el bosque, pues los relámpagos se tornaban ahora infrecuentes, y el granizo, que caía a torrentes, descendía en columnas a través de los huecos del espeso follaje.
Si hubiera comprendido del todo el significado de cuantas cosas había visto, habría regresado inmediatamente bordeando por Byfleet hasta Street Cobham, y vuelto así para reunirme con mi esposa en Leatherhead.
Pero aquella noche la extrañeza de lo que me rodeaba, y mi desdicha física, me lo impidieron, pues estaba magullado, cansado, calado hasta los huesos, ensordecido y cegado por la tormenta.
Tenía la vaga idea de dirigirme a mi propia casa, y ese era todo el motivo que me impulsaba.
Atravesé los árboles tambaleándome, caí en una zanja y me golpeé las rodillas contra una tabla, para finalmente salir chapoteando al camino que bajaba desde el College Arms. Digo chapoteando porque el agua de la tormenta arrastraba la arena colina abajo en un torrente fangoso.
Allí en la oscuridad, un hombre tropezó conmigo y me hizo retroceder tambaleándome.
Dio un grito de terror, dio un salto hacia un lado y huyó antes de que pudiera recobrar el juicio lo suficiente como para hablarle.
Tan fuerte era la presión de la tormenta justo en ese lugar que me costó muchísimo esfuerzo abrirme paso cuesta arriba. Me acerqué mucho a la cerca de la izquierda y avancé agarrándome a sus estacas.