Londres muerto
Después de haberme separado del artillero, bajé la colina y crucé la calle Mayor y el puente hacia Fulham.
La hierba roja estaba tumultuosa en aquel momento y casi ahogaba la calzada del puente; pero sus frondas ya blanqueaban en algunas zonas debido a la enfermedad propagada que poco después la hizo desaparecer con tanta rapidez.
En la esquina del callejón que va a la estación de Putney Bridge encontré a un hombre tendido.
Estaba tan negro como un deshollinador a causa del polvo negro, vivo, pero indefensa e impertinentemente borracho. No pude sacarle nada más que maldiciones y embestidas furiosas contra mi cabeza.
Creo que me habría quedado con él de no ser por la expresión brutal de su rostro.
Había polvo negro a lo largo de la carretera desde el puente en adelante, y se hacía más espeso en Fulham. Las calles estaban horriblemente silenciosas. Conseguí comida —agria, dura y mohosa, pero perfectamente comestible— en una panadería de por ahí. A cierta distancia hacia Walham Green las calles quedaron libres de polvo, y pasé junto a una blanca hilera de casas en llamas; el ruido del fuego fue un alivio absoluto. Avanzando hacia Brompton, las calles volvían a estar tranquilas.
Aquí tropecé una vez más con el polvo negro en las calles y con cadáveres.