estos, otros dos —como en el caso del que habíamos visto—; se dice que el de Ripley descargó nada menos que cinco en aquella ocasión. Estos botes se rompían al chocar contra el suelo —no explotaban— y liberaban de inmediato un enorme volumen de vapor denso y negruzco, que se enroscaba y brotaba hacia arriba en una inmensa nube cúmulo de color ébano, una colina gaseosa que descendía y se extendía lentamente sobre la campiña circundante. Y el contacto de ese vapor, la inhalación de sus jirones penetrantes, era la muerte para todo lo que respira.
Era pesado, este vapor, más pesado que el humo más denso, de modo que, tras el primer brote tumultuoso y el desborde de su impacto, se hundió a través del aire y se derramó sobre el suelo de una manera más líquida que gaseosa, abandonando las colinas y fluyendo hacia los valles, las zanjas y los cauces de agua, tal como he oído que suele hacerlo el gas carbónico que brota de las hendiduras volcánicas. Y donde entraba en contacto con el agua se producía alguna acción química, y la superficie quedaba instantáneamente cubiertas por una