intensa soledad. Desde la esquina fui, al amparo de un matorral de árboles y arbustos, hasta el borde del Wimbledon Common, que se extendía amplio
Aquella oscura extensión estaba iluminada en parches por el tojo y la retama amarillos; no se veía hierba roja alguna y, mientras merodeaba, titubeante, al borde del claro, el sol salió, inundándolo todo de luz y vitalidad.
Di con un animado enjambre de ranas pequeñas en un paraje pantanoso entre los árboles. Me detuve a mirarlas, extrayendo una lección de su firme resolución de vivir.
Y al poco, girándome de repente, con la extraña sensación de estar siendo observado, contemplé algo agazapado entre un grupo de arbustos. Me quedé observándolo. Di un paso hacia ello, y se levantó y se convirtió en un hombre armado con un sable corto. Me acerqué a él lentamente. Permaneció en silencio e inmóvil, mirándome.
A medida que me fui acercando, percibí que llevaba ropas tan polvorientas y mugrientas como las mías; parecía, en verdad, como si lo hubieran arrastrado por una alcantarilla.
Más cerca, distinguí el cieno verde de las zanjas mezclándose con el gris pálido de la arcilla seca y manchas brillantes y carbonosas.
Su cabello negro le caía sobre los ojos, y su rostro estaba oscuro, sucio y hundido, de modo que al principio no lo reconocí.
Había un corte rojo en la parte inferior de su rostro.
—¡Alto! —gritó, cuando estaba a diez yardas de él, y me detuve. Su voz era ronca—. ¿De dónde vienes? —dijo.
Pensé, examinándolo.