hasta el punto de trepar por el seto y mirar hacia Sunbury. Al hacerlo, se oyó una segunda detonación y un gran proyectil surcó silbando el aire por encima de mi cabeza en dirección a Hounslow. Esperaba ver al menos humo o fuego, o alguna prueba evidente de sus estragos. Pero lo único que vi fue el cielo azul oscuro allá arriba, con una sola estrella solitaria, y la bruma blanca extendiéndose amplia y baja por debajo. Y no hubo ningún estrépito, ni explosión de respuesta. El silencio volvió a reinar; el minuto se alargó a tres.
—¿Qué ha pasado? —dijo el clérigo, poniéndose de pie a mi lado.
—¡Sabe Dios! —dije yo.
Un murciélago aleteó fugazmente y desapareció. Un distante tumulto de gritos comenzó y cesó. Volví a mirar al marciano, y vi que ahora se movía hacia el este por la orilla del río, con un movimiento rápido y rodante.