años. ¿Somos acaso tales apóstoles de la misericordia como para quejarnos si los marcianos hicieron la guerra con el mismo
Los marcianos parecen haber calculado su descenso con una sutileza asombrosa —su saber matemático supera con evidencia al nuestro— y haber llevado a cabo sus preparativos con una unanimidad casi perfecta. Si nuestros instrumentos lo hubieran permitido, podríamos haber visto gestarse el problema allá por el siglo XIX. Hombres como Schiaparelli observaron el planeta rojo —es curioso, a propósito, que durante innumerables siglos Marte haya sido la estrella de la guerra—, pero no lograron interpretar las cambiantes apariencias de las marcas que tan bien cartografiaban. Todo ese tiempo los marcianos debieron de haber estado preparándose.
Durante la oposición de 1894 se vio una gran luz en la parte iluminada del disco, primero en el Observatorio Lick, luego por Perrotin en Niza, y después por otros observadores.
Los lectores ingleses tuvieron noticia de ello por primera vez en el número de Nature fechado el 2 de agosto.
Me inclino a pensar que este fulgor puede haber sido la fundición del enorme cañón, en el vasto foso excavado en su planeta, desde el cual nos dispararon sus proyectiles.
Durante las dos oposiciones siguientes se observaron marcas peculiares, aún sin explicar, cerca del lugar de dicha erupción.
La tormenta estalló sobre nosotros hace ya seis años. Mientras Marte se aproximaba a la oposición, Lavelle de Java hizo palpitar los cables de la red astronómica con la sorprendente noticia de una gran erupción de gas incandescente en el planeta. Había ocurrido hacia la medianoche del doce; y el espectroscopio, al que había recurrido de inmediato, indicaba una masa de gas llameante,