me producía sensación de horror ni remordimiento al recordarlo; lo veía simplemente como un hecho consumado, un recuerdo infinitamente desagradable pero por completo carente de la cualidad del remordimiento. Me veía entonces como me veo ahora, empujado paso a paso hacia aquel golpe precipitado, criatura de una cadena de accidentes que conducían inevitablemente a aquello. No sentía condena; sin embargo, el recuerdo, estático, inmutable, me perseguía. En el silencio de la noche, con esa sensación de la cercanía de Dios que a veces acude a la quietud y a la oscuridad, me enfrenté a mi juicio, mi único juicio, por aquel momento de ira y temor. Repasé cada paso de nuestra conversación desde el instante en que lo había hallado acurrucado a mi lado, desatento a mi sed, y señalando el fuego y el humo que brotaban de las ruinas de Weybridge. Habíamos sido incapaces de cooperar; el implacable azar no había tenido eso en cuenta. De haberlo previsto, lo habría abandonado en Halliford. Pero no lo preví; y el crimen consiste en prever y actuar. Y consigno esto tal como he consignado toda esta historia, tal como fue. No hubo testigos; todo esto habría podido ocultarlo. Pero lo consigno, y el lector formará su juicio como le plazca.
Y cuando, mediante un esfuerzo, hube apartado aquella imagen de un cuerpo tendido, me enfrenté al problema de los marcianos y al destino de mi esposa. Sobre los primeros no tenía datos; podía imaginar un centenar de cosas, y lo mismo, por desgracia, podía hacer respecto a la segunda. Y de repente aquella noche se volvió terrible. Me descubrí incorporado en la cama, mirando fijamente la oscuridad. Me descubrí rezando para que el Rayo Calorífico la hubiera fulminado de repente y sin dolor. Desde la noche de mi regreso de Leatherhead no había rezado. Había pronunciado oraciones, oraciones fetichistas, había rezado como los paganos murmuran conjuros cuando me hallaba en el extremo; pero ahora rezaba de verdad, suplicando con firmeza y sensatez, cara a cara con la oscuridad de Dios.