Sostiene Hallam, con cierta apariencia de verdad, que ídolos no es la traducción correcta de εἴδωλα, de la cual deriva manifiestamente la forma original idola; sino que Bacon la usó en el sentido literal que le atribuían los griegos, como una especie de ilusión o falsa apariencia, y no como una especie de divinidad ante la cual la mente se inclina. Si Hallam tiene razón, Bacon se libra del oprobio de una analogía que sus comentaristas extranjeros no andan muy descaminados en calificar de bárbara; pero este servicio se presta a expensas de aquellos que han atribuido un significado opuesto a la palabra, entre los cuales se cuentan Brown, Playfair y Dugald Stewart.—Ed.
No alcanzamos a ver cómo estos ídolos tienen menos que ver con los paralogismos sofísticos que con la filosofía natural. El proceso de la inducción científica comprende únicamente los primeros elementos del raciocinio, y presenta una superficie tan clara y tangible que no deja ningún lugar oculto para el prejuicio; mientras que las cuestiones de política y moral, a las que el método deductivo, o lógica común, como lo llama Bacon, es particularmente aplicable, están siempre expuestas a ser influenciadas o pervertidas por los prejuicios que él enumera. Después de las matemáticas, la ciencia física es la menos accesible a las ilusiones del sentimiento; cada parte, habiendo sido ya probada mediante la experiencia y la observación, encaja en su lugar dentro del sistema, con todo el rigor del método geométrico; el afecto o el prejuicio no pueden, como en asuntos de gusto, historia o religión, seleccionar piezas fragmentarias y formar un sistema propio. Es necesario admitir el conjunto, o demoler hasta los cimientos la estructura de la razón autorizada. Huelga decir que los ídolos enumerados no hacen sino presentar otra interpretación de la sustancia de las falacias lógicas.—Ed.