que iba a darle un bocado al plato de entrada, que resultó ser cordero asado con almíbar; pero no pudo evitar mirarla al mismo tiempo y su tenedor vacío comenzó a dirigirse hacia su cara con las puntas hacia arriba.
—Cuidado con el ojo —le digo.
Soltó el tenedor y los dos se sonrojaron a más no poder, a través incluso del bronceado. Luego me miraron a la mexicana y nuestra relación llegó a su fin.
Esta primera noche, cuando acabamos de cenar, fuimos a dar una vuelta por el vestíbulo y cogimos unos asientos desde donde podíamos ver el desfile de gente. Los hombres iban todos vestidos como yo, solo que yo iba a la última y llevaba una camisa de cuello tipo champiñón, mientras que ellos lucían la anticuada pechera de cemento. Los vestidos de las mujeres empezaban arriba con un cinturón, y algunos de