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nydus/Gullible’s TravelsPublic
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I

Si los hombres vieran a sus mujeres jugar al póker antes de los lazos nupciales, habría una gran merma en el casorio y en el darnos en matrimonio.

Hablando por mí personalmente, la patrona seguiría viviendo en la mansión solariega de bloques de hormigón de sus padres en Wabash si hubiera sabido de antemano que ella y George W. Hoyle eran tan perfectos desconocidos. Y yo y todos mis amigos varones nos llamaríamos los unos a los otros, desde el mediodía en adelante, para decidir cuál es el lugar más ventajoso para empezar a ponernos puros esa noche.

La mejor jugadora de Póker que conozco es la señora Hatch. Nunca entra a un pozo y jamás pone un ante sin una orden judicial.

Supongamos que compra dos dólares en fichas de a diez centavos al principio de la noche. Nuestro juego generalmente casi siempre dura unas cuatro horas.

Así que cuando llega la hora de los sándwiches de lechuga todavía le quedan enfrente $1.60 y no está enojada con nadie.

De modo que Hatch supera con creces al resto de sus amigotes. Por lo general, puede mantener la mente en el juego, en vez de pasar toda la noche devanándose los sesos pensando en lo más hiriente que le pueda decir a su esposa de camino a casa.

A menudo le he dicho a la patrona: > «Si no puedes sentarte en una esquina del sofá y hacer tus zurcidos, si crees que tienes que meter mano, ¿por qué

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