—Y tal vez —digo—, antes de que acabe la noche, averigüe cuáles son los triunfos.
—Ya sabrás todo sobre el juego antes de eso —dice ella—. Justo después de cenar sacaremos las cartas y te enseñaré.
Así que justo después de cenar sacó las cartas y empezó a enseñarme.
Pero casi lo único que aprendí fue una cosa, y es que, si me moría sin seguro, la señora tendría más probabilidades de mantenerse a sí misma haciendo de árbitro de béisbol en la Liga Nacional que enseñando en una universidad de bridge-whist.
Lo sabía todo, excepto cuánto valían los diferentes palos, cuántos puntos había en una partida, qué significaban los honores, quién hacía la primera puja y cuánto había que pujar según qué.
Más o menos una hora después de aquello, le digo:
“Veo que dominas esto a la perfección, pero eres como muchísima otra gente que sabe hacer