—Hay demasiada rareza en este barco —le digo—. Pero vas a salirte con la tuya de aquí en adelante.
Aterrizamos en Fort Pierce como a las seis. Estaba a solo dos o tres cuadras del hotel, pero cuando trazaron esa parte del pueblo se olvidaron de algunas de las comodidades modernas, incluidas las aceras. LLegamos tambaleándonos por la arena con las maletas y vaya que se nos había abierto el apetito para cuando llegamos a la posada Ye Inn.
—¿Tiene reservaciones para nosotros aquí? —le pregunté al recepcionista.
“Sí”, dice, y nos condujo hasta ellos en persona.
El cuarto que nos enseñó no tenía baño, ni siquiera una silla en la que uno pudiera sentarse mientras se quitaba los calcetines.
—¿Dónde está el baño? —le pregunté.
“Por aquí”, dice, y lo seguí por el pasillo, hacia afuera y calle arriba por un callejón.
Finalmente llegamos a un baño completo en todos los detalles, excepto que no tenía puerta. Volví a la habitación, busqué a la patrona y bajé a cenar.
Pues mire usted, ojalá hubiera podido estar presente en esa cena. La variedad de carnes era hígado de ternera con cebolla o hígado de ternera con cebolla. Y apuesto a que si aquellos terneros hubieran estado todavía vivos nos habrían podido contar algunas anécdotas personales sobre Garfield.
La señora le echó un solo vistazo al banquete y se rio por primera vez en varios días.