Pero iba a hablarle de Harry Quinn. Es un muchacho de unos veintitrés o veinticuatro años y lleva en la oficina cosa de año y medio. Entró allí de tenedor de libros por doce a la semana, pero sencillamente no pudieron contenerlo; y hace seis meses lo hicieron cuarto ayudante del jefe de expediciones con un sueldo de dieciséis.
Pa’ que vea usté’ la clase de gusto que tiene, le dio por mí; y cada vez que pasaba por mi escritorio tenía que parar a echar cháchara un rato.
Al principio no me importaba, porque era divertido vacilarlo. Nunca sabía nada de nada y podías contarle casi cualquier cosa y se la tragaba.
Al final se me acabaron las chorradas que darle de comer y cuando lo veía venir fingía que estaba demasiado ocupado para hablar.
Pero un día, el febrero pasado, alcé la vista y lo vi de pie junto a mí, rebosando literalmente con alguna gran noticia.
—Bueno, Harry —le digo—, suelta la sopa.
“Estás casado, ¿verdad?”, me preguntó.
Le dije que sí.
—¿Le importa decirme —dice— cuánto cuesta vivir cuando uno tiene mujer?
—Prácticamente nada —digo—. Todo está tan barato hoy en día.
—Mira —dice—, he estado leyendo mucho sobre los precios altos y todo eso.