no juegas a lo de la señora
—¡Juega! —dice ella—. ¡Ella no juega! Se queda ahí sentada como un maniquí.
—Bueno —digo—, prefiero una esposa de maniquí que me cueste cuarenta centavos la noche antes que a una filántropa de alcurnia que cree que todas las noches son Navidad y que los demás sentados a la mesa son los suburbios.
—Pero si no se divierte nada —dice la señora.
—¿Quién espera divertirse por cuarenta centavos? —le pregunto.
—Pero ella nunca puede ganar —dice la señora.
“¡Así es!”, digo. “Me olvidé de esa parte. Son las émbolas femeninas las que se afanan toda la guita. ¿Qué te parece si vos y yo agarramos todas tus ganacias de los últimos dos años una noche de estas y vamos al centro a comprar un cartucho para lapicera?”
Somos seis los que solemos juntarnos dos o tres noches por semana en nuestra casa o en la de los Hatch o los Tuttle. Nunca se habla de jugar a las cartas cuando se hace la invitación.
Por ejemplo, la señora Tuttle llama a la señora Hatch y a mi esposa por la tarde y les pide que vayan esa noche y traigan a sus cuidadores y escuchen los nuevos discos que Joe trajo a casa ayer.
Así que vamos y nos sentamos un rato, expresando nuestra admiración por «Poor Butterfly», «Wackie Hickie» y «My Honolulu Hop-Eater», hasta que Hatch ya no lo soporta más.
—¿Qué tal un pequeño juego amistoso? —dice él.
“Tal vez los demás no tienen ganas de jugar”, dice la señora Hatch.