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nydus/Gullible’s TravelsPublic
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IV

toque para que pagara. Me miró y asentí con la cabeza. Y entonces tiró sus cartas.

Hubo algunos susurros entre las queridas. Duró dos o tres minutos. Luego llamó la señora Quinn.

Había estado en lo cierto respecto a Hatch. Recogí su mano de donde la había arrojado, contra la pared del fondo. Dos balas eran todo lo que tenía. Y la dulce y joven novia, con el pleno conocimiento y consentimiento de Harry, había pedido cuatros y tres.

El balance final mostró que la señora Hatch salía perdiendo setenta centavos, superando su propio récord por treinta centavos. Hatch había perdido siete pavos, Tuttle había dejado ir seis, y yo y la parienta ocho entre los dos. Los Quinn iban como veintiún dólares arriba y aún se hablaban; sí, y hasta se daban mordiscos en los sándwiches del otro.

—Bueno —dice la señora Quinn cuando estaban listas para irse—, la verdad es que hemos disfrutado muchísimo de esto y ha sido usted muy amable en invitarnos.

—Qué amable de tu parte haber venido —dice la señora.

“Tendrás que venir a nuestra casa algún día —dice la señora Quinn—. A lo mejor te dejamos recuperar algo de esos veintiún dólares. ¿Verdad, querido?”

“Casi me dan ganas de devolvérselo ahora”, dice su cónyuge.

Tuttle me susurró al oído.

“¡Lárgueselos de aquí antes de que le rompa algunos de sus muebles en la mollera!”

Pero, antes de largarse, cada uno de nosotros se llevó una risita, unos cuantos chillidos y un apretón de manos delicado por parte de la bella.

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