Iba caminando justo detrás de ella.
—Y tengo una sugerencia para ti —digo, lo suficientemente bajito como para que nadie más pudiera oír—:
«Mete algo del dinero del premio en la cena; y si hay que escatimar en algo, hazlo en los premios».
Ella no dijo ná, porque la señora Garrett había empezado a entregarnos las tarjetitas que indicaban dónde nos tocaba jugar.
—Supongo que será mejor que le cuente nuestras reglas —me dice—. Cada mesa juega cuatro manos. Luego los ganadores se mueven mientras los perdedores se quedan sentados, excepto en la primera mesa, donde los ganadores se quedan sentados y los perdedores se mueven. Se cambia de pareja después de cada cuatro manos. Se cuentan cincuenta para una partida y ciento cincuenta para un chico.
—Tal y como he estado jugando —digo—, eran treinta por partida.
«Nunca había oído hablar de eso», dice ella; pero me fijé en que, cuando nos pusimos a jugar, todos los que hacían treinta puntos lo llamaban una partida.
—¿No vemos los premios antes de empezar? —le pregunté—. Quiero saber si jugar lo mejor posible o no.
“Si ganas el premio y no te gusta —dice—, supongo que podrás cambiarlo”.
—Me dicen que eres el tiburón entre las mujeres —le digo—, así que es una apuesta segura que no escogiste ningún premio de señora que no esté de lo más bien.