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nydus/Gullible’s TravelsPublic
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IV

—Pensé que era justo lo que no te gustaba —dice ella.

“Estoy dispuesto a sacrificar mis propias preferencias —digo—. Sé que la mayoría está en contra mía”.

—Yo hace mucho que no juego una partida de verdad —dice Quinn—, y probablemente no lo haga muy bien. Y no podemos permitirnos perder gran cosa. Así que, si la suerte nos es esquiva, no les importará que nos retiremos temprano.

—Desde luego que no —dice Hatch.

—No tenga miedo —digo—. Nunca le oirá a Hatch quejarse de que alguien se largue, siempre y cuando se larguen por detrás.

Nos trasladamos todos a la mesa del comeddor. Se trujeron dos sillas de la sala y una de la cocina, de modo que ninguno de los güéspedes tuviera que quedarse de pie. Los procedimientos se retrasaron mientras Cutie examinaba el papel de colgadura y los muebles.

—¡Creo que tu apartamento es carísimo! —dice ella.

—Treinta y cinco al mes —digo yo.

—¡Eso es todo! —dice—. Vaya, el viejo bombón y yo casi podríamos permitirnos eso.

“Pero entonces te quedarías sola todo el día”, le digo.

“Mamá venía y se quedaba conmigo —dice—; y luego, cuando era la hora de que mi viejo amor regresara de su maldita oficina, mandaba a mamá a su casa para poder estar a solas con él”.

Se echó a reír con más ganas.

—¿De qué te ríes? —digo—. Estoy a solas con él casi una hora todos los días y no tiene gracia.

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