—Si a tu marido le da por beber fuerte —le digo—, puedes mantenerte vendiéndole algunas de tus herraduras al gobierno ruso.
Tampoco era ninguna mentira. Jamás había visto unas manos como las que le tocaron a esa mujer, y las de Messenger eran casi igual de buenas. En los cuatro repartos se llevaron dos rubbers y un par de pequeños slams, y cuando se fueron de nuestra mesa llevaban más de novecientos contra nuestro cero.
El señor Collins y otra mujer fueron los siguientes en sentarse con nosotros. La regla era cambiar de pareja y Collins se quedó con la que me había tocado a mí. ¿Y qué hace la muy suertuda sino ganarnos otra paliza, aunque ni por asomo tan dura como la primera. Mi pareja, esta vez, era una mujer de unos cuarenta y ocho años, y actuaba como si fuera mucho más tarde de su hora de acostarse. Cuando le tocaba decir algo siempre teníamos que esperar unos cinco minutos, y todas las demás mesas llevaban un buen rato libres antes que nosotros. Una vez dice:
“Tendrás que disculparme esta noche. De algún modo, no consigo concentrarme en el juego”.
“No”, digo; “pero apuesto a que te animarías si el premio de la señora fuera un colchón. Cuando vas a estar despierto hasta tarde, deberías echarte una siesta por la tarde”.
Pues, señor, mi siguiente pareja no era nada más ni nada menos que la Señora. Había empezado en la cuarta mesa y había perdido la primera vez, pero ganó la segunda. Venía con el marido de la pareja que acababa de tener; así que aquí estábamos familia contra familia, por decirlo de algún modo.