Después de desayunar salimos a lo que llaman el salón vidriado. Era una habitación acristalada en la parte de atrás del último vagón y debía de ser un lugar agradable para sentarse a contemplar el paisaje.
Pero había una pandilla de misioneros o algo así que ocupaba todos los asientos y no se movieron de ellos en todo el día. Cada vez que pasaban por un cruce de caminos, lanzaban un montón de estudios bíblicos por la ventana trasera para que los paganos sureños los recogieran y leyeran.
Supongo que creían que estaban haciendo mucho bien por sus semejantes, pero entretanto los demás pasajeros nos llevábamos la peor parte.
Hablando del paisaje, la verdad es que era algo grandioso.
- Primero pasábamos por unos cuantos pinos con pelusa y luego por un par de acres de lodo amarillo.
- Después había más pinos y más pelusa y luego más lodo amarillo.
- Y al ratito llegábamos a unos pinos con pelusa y luego, si mirábamos bien, veíamos algo de lodo amarillo.
Cada pocos minutos el tren se detenía y volvía a arrancar en primera. Eso significaba que el maquinista sospechaba que se acercaba a una estación y temía que, si iba demasiado rápido, no la vería, y que si pasaba de largo sin parar, los habitantes jamás se lo perdonarían. Verá, hay un programa regular de obligaciones que cumplen los ciudadanos más destacados de por allí. Después de que su mujer atiende las tareas de la casa y prepara el desayuno, se levantan de la cama, se ponen el peto y desayunan. Luego se montan en su caballo, mula, vaca o perro y bajan a la estación a esperar el próximo tren. Cuando este llega, hacen una competencia para ver quién es el primero en contar a los pasajeros. Los perdedores tienen