—¿Disfrutando el viaje? —le pregunté.
«Muy rudo; ¡muy rudo!», dice, solo que no me sale muy bien el acento.
—Apuesto a que nunca lograste ese brillo en tu propio puesto —le digo.
“¡Hace demasiado calor para trabajar!”, dice él. “No tengo que trabajar. ¡Tengo la guita!”.
“Sí —digo—; y el panecillo”.
A poca distancia de nosotros había otros cuatro enemigos políticos de J. Frank Hanly, diciéndole a mi amigo griego en tonos tonsoriales que si no le gustaba su Tío Sam, ya sabía lo que podía hacer.
—¿No te cae bien tu tío Sammy? —le pregunté.
“No tengo que trabajar —dice—. Tengo la pasta”.
—Pues entonces, ¿por qué no le haces caso a esos muchachos —le digo— y te vuelves a tu casa al otro lado del mar?
“¡Demasiado duro; demasiado duro!”, dice; y en los veinte minutos que estuve allí con él, averiguando si realmente había un bar, no dijo nada más que tenía la mon’, y que no tenía que trabajar, y que algo era demasiado duro.
La parienta y yo volvimos a subir a cubierta. Me dirigí hacia el extremo del bote que estaba más lejos de donde habíamos dejado a Bess y a Bishop, pero ya habían empezado a ponerse inquietos y nos topamos con ellos de paseo.
—¿Dónde andabas? —preguntó Bessie.
“Abajo mirándolos bailar”, dice la señora.
—¿Hay algún lugar para bailar a bordo? —preguntó Bishop.