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nydus/Gullible’s TravelsPublic
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III

—No tocarías las mollejas en casa —dice ella—, y no puedes saber qué serán en un hotel.

—Está bien, suprime las mollejas —dice él.

—Creo que deberías pedir el pollo estofado —dice ella—, y dejar el roast beef.

—Pollo guisado será —dice él.

“Pollo guisado y puré de patatas y judías verdes y tostadas con mantequilla y café. ¿Le parece bien?”

“¡Seguro!”, dice él, y ella le da esquinazo al camarero.

George lo miró el tiempo suficiente como para haberlo leído tres veces si hubiera sabido leerlo una sola, y luego salió a la cocina y trajo una bandeja llena de lo que fuera que tuviera a mano.

Pero el pobre tipo no llegó a probar más que un bocado de nada. Ella lo vigilaba como un halcón, y apenas se metía un manjar en la boca, le arrebataba el plato y le decía que recordara que la salud era más importante que la felicidad pasajera.

Sentí tanta lástima por él que no pude disfrutar de mi propio banquete y le dije a la Esposa que tomaríamos nuestro desayuno lejos de esa alma en pena, aunque tuviera que llevar el caso hasta el mismísimo viejo Al Cazar.

Por la tarde dimos un paseo cruzando la calle hasta el Ponce⁠—que se supone que es todavía más lujoso que donde nos estábamos hospedando. Recorremos todo el lugar sin reconocer a nadie de nuestro círculo. Al fin le advertí a la doña que si no nos escabullíamos de vuelta a la habitación, probablemente me daría un infarto de la emoción; pero ella había leído en su guía de Florida que valía la pena viajar millas para ver las decoraciones y los cuadros, así que tuvimos que plantarnos frente a ellos

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