Así que antes de que llegara el día diez, ya debíamos dos nuevos vestidos de noche, dos trajes sport de mujer, cuatro o cinco pares de zapatos, de todos los colores, un esmoquin de cena, tres camisas de etiqueta, media docena de otros tipos de camisas, dos pares de pantalones blancos transparentes, un traje sastre nuevo y Dios sabe cuánta ropa interior y cuántos sombreros y medias.
Y yo tenía hasta el quince de marzo para pagar la hipoteca de la vieja casa solariega.
Justo cuando nos preparábamos para salir hacia el tren, sonó el teléfono. Era la señora Hatch y quería que fuéramos a jugar una partidita de rummy. Yo me estaba afeitando y la patrona se encargó de hablar.
—¿Qué le dijiste? —le pregorunté.
—Le dije que nos íbamos —dice la Esposa.
—Aposto a que se te olvidó mencionar a dónde íbamos —digo.
«Págame», dice ella.