«¿No has jugado nunca de ningún modo?», me preguntó; y le dije que no.
“Lo primero —dice—, es cuánto valen los distintos palos; y luego están las pujas. Y tienes que prestar atención a las convenciones”.
“He acabado con ellos para siempre —digo—, desde que rechazaron a Roosevelt”.
Bien, empezamos y los Hatch y la Señora hicieron de la Señora Hatch y yo.
Estuvimos dale que te dale hasta casi la medianoche, con tres o cuatro intermedios para que Hatch pudiera aliviarle la tensión a la nevera.
Mi educación de corsé evitó que fuera un completo fracaso a la hora de jugar a las cartas; pero, por muy listo que sea uno, no se puede aprender todo sobre las pujas en una sola tarde, y tampoco te puedes acordar de la mitad de lo que aprendiste.
No sé cómo iba el tanteo cuando acabamos, pero los Hatch hicieron la mayor parte de la matanza y se quedaron con la mayoría de las cartas, que es su costumbre habitual.
—Ya se apañarán bien —dice la señora Hatch cuando ya estaban listos para irse—. Pero, ¡claro!, no pueden pretender dominar un juego como el bridge en unas pocas horas. Tienen que seguir practicando.
—Vamos a ir —dice la señora.
“Tal vez sería una buena idea —dice la señora Hatch—, volver a jugar pronto antes de que te olvides de lo que te enseñamos. ¿Por qué no vienes a nuestra casa para otra sesión mañana por la noche?”