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nydus/Gullible’s TravelsPublic
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III

and from there we was drug over to the ocean side on a horse car, the horse walkin’ to one side o’ the car instead of in front, so’s he wouldn’t get ran over.

Nos quedamos en la playa hasta la hora de cenar y luego tomamos el carruaje de vuelta al pabellón junto a la bahía, donde una familia entera sirvió la comida y sus cerdos dieron un número de cabaret.

Fue la mejor comida que probé en el viejo y querido Dixie: ostras frescas, pollo, puré de patatas con salsa, pescado y tarta. Y cobraban veinticinco centavos el plato.

—¡Vaya por Dios! —dice la señora cuando le dije el precio—. Esto es ciertamente razonable. Me pregunto cómo será posible.

—Bueno —digo—, la familia probablemente llegó hasta aquí arrastrada por la marea y ni sabe que está en Florida.

Cuando volvimos al hotel apenas hubo tiempo de asearse y bajar a cenar. No habíamos acabado de sentarnos cuando entraron nuestros compañeros de mesa a toda prisa. Era un hombre de unos cuarenta y cinco años, con traza de haber ganado el dinero con mudanzas y transportes generales, que venía con su mujer y las dos suegras de ambos. La camisa que llevaba puesta era con la que había salido de casa, a poco que viviera en Yokohama. Sus mujeres iban de luto con algún que otro lamparón de salsa por aquí y por allá.

—Pide tú por nosotros, Jake —dice una de las damas.

Así que Jake cogió el menú y su esposa tomó la esquela y el lápiz y esperó al dictado.

—Veamos —dice—. ¿Qué tal un cóctel de ostras?

—Sí —dicen las tres señoras Black.

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