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nydus/Gullible’s TravelsPublic
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IV. La Poinciana

—El océano —dice ella—, debe de estar al fondo de esa avenida, hacia donde parece dirigirse casi todo el mundo.

—Habiendo ido a nuestra habitación y vuelto dos veces, no me apetece otra caminata de cinco millas —digo.

—No son cinco millas —dice—; pero de todos modos, montemos.

—Ándale pues —le digo, señalando un tranvía que estaba parado en medio de la avenida.

“Ay, no —dice—; he observado y me he dado cuenta de que la gente de verdad usa esas sillas de ruedas raras”.

Me preguntaba qué querría decir cuando uno de aquellos aparatos poco faltó para que nos atropellara. Era parte bicicleta, parte carrito y parte africano. En aquel que esquivamos había sitio para un pasajero, pero algunos llevaban dos.

—Me pregunto cuánto nos

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