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nydus/Gullible’s TravelsPublic
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I

La siguiente etapa fue aquella en la que nuestros amigos ya no eran lo suficientemente buenos para nosotros. Antes nos encantaba pasar una noche jugando al rummy con los Hatch. Pero de repente ya no parecía tener gracia y cuando Hatch llamaba nos eshuíamos. Por la cantidad de veces que le dije que yo o la parienta estábamos agotados y nos íbamos derechitos a la cama, debió de pensar que habíamos conseguido trabajo de montadores de líneas telefónicas.

Dejamos de ir al cine porque el resto del público no era la clase de gente con la que te daría apuro juntarte.

No íbamos a casa de Ben a bailar porque aquello no tenía categoría ninguna.

Más o menos una vez por semana nos largábamos a uno de los buenos hoteles del centro, bien puestos como un traje de luces, a cenar con el resto de la E-lite.

No nos hablaba ni Dios aparte de los camareros, pero podíamos mirar todo lo que quisiéramos y era divertido intentar adivinar los nombres de la pandilla de la mesa de al lado.

Luego nos dio por leer las gacetillas sociales en el desayuno. Antes no perdía el tiempo en nada que no fueran las páginas de economía y deportes, pero ahora las paso por alto y escucho mientras la patrona me recita lo que andaba pasando por la Lake Shore Drive.

De vez en cuando veíamos dónde estaba Fulano de Tal en Palm Beach o que acababa de ir o que acababa de volver. Empezamos a bromear al respecto.

—Bueno —diría—, más nos vale empezar pronto o nos perderemos la mejor parte de la temporada.

—Sí —replicaría la Esposa—, nos iríamos ahora mismo si no fuera por todos esos compromisos de la semana que viene.

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