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nydus/Gullible’s TravelsPublic
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V

En nuestro buzón, a la mañana siguiente, había un aviso de que nuestra primera semana había terminado y lo único que debíamos eran ciento cuarenta y seis dólares con cincuenta centavos.

La cuenta por la habitación y las comidas era de ciento diecinueve dólares. El resto era por mandar a planchar la ropa y mantener la taquilla húmeda.

No tenía ninguna gana de desayunar. Le dije a la Esposa que me esperaría arriba en la habitación y que fuera cuando terminara. Cuando sopló para adentro, yo ya tenía mi discurso preparado.

—Mira —digo yo—; este es nuestro octavo día en la alta sociedad de Palm Beach. Tú te hablas con una doncella y yo he entablado relación con media docena de empleados varones. Nos ha costado unos ciento sesenta y cinco dólares, incluidos esos salones privados en el Casino y nuestros paseos en afromóvil, y esto y lo otro.

Coniges de vista a toda una caterva de gente bien, pero no puedes hablarles. Sería igual de satisfactorio y cientos de dólares más barato buscar sus nombres en la guía telefónica de casa; luego llamarles y, cuando te contestasen, decirles que se habían equivocado de número. Al menos, de ese modo lograrías que te hablaran.

—En cuanto al deporte —digo—, no jugamos al golf ni al tenis ni nadamos. Seguimos el mismo programa de no hacer nada todos los días. Bailamos, pero nunca cambiamos de pareja. Por doce dólares podría comprar un fonógrafo allá en casa y usted y yo podríamos trotar por la sala toda la noche sin peligro de que alguno de esos pisaverdes nos parta

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