las espinillas. Y podríamos tener el doble de refrescos líquidos por allá arriba a más o menos la vigésima parte del costo.
—Ese Gould que conocí en el tren de bajada —le digo— resultó ser un embustero todavía más grande de lo que creía. Dice que cuando estuvo aquí la gente lo fastidiaba a más no poder acercándose a hablarle. Nosotros no hemos tenido que esquivar a nadie ni escondernos detrás de un cocotero para mantenernos exclusivos. Dice que Palm Beach era demasiado ordinaria para él. Lo que debió haber dicho es que era demasiado solitaria. Si tan solo hubiera aquí un hombre blanco que me escuchara las ocurrencias, no tendría motivo de queja. Pero no tiene gracia ninguna contarle historias a los Ephs. Se ríen sea buena o no la cosa, y luego te piden diez centavos por la risa.
—En cuanto a la ropa —digo—, nos serviría para un par de días de estancia. Pero las damas de por aquí, y los hombres también, se ponen algo distinto para cada mañana, tarde y noche. Te has puesto tus dos vestidos de noche tantas veces que solo con chasquear los dedos los ganchos van y buscan los ojales indicados.
—Las comidas serian magníficas —digo—, si el cocinero no se siguiera confundiendo y echándole salsa de pudín a la carne y salsa de gravy al pay.
—Me alegro de haber estado en Palm Beach —digo—. No me lo habría perdido por nada del mundo. Pero el océano no va a ser diferente mañana de lo que fue ayer, y lo mismo pasa con el programa diario. Ni siquiera llueve aquí, como para darnos un poco de variedad.
—¿Y ahora qué dices —digo— de que saldremos de esta cuenta, y de lo que debamos desde entonces, y largarnos de aquí tan rápido como podamos?
La patrona no dijo nada durante un rato. Estaba demasiado ocupada llorando. Sabía que lo que había dicho era la verdad, pero no se iba a