Así que Veto está muerto y Fred está recostado sobre el mostrador, muriéndose, cuando Archibald tambalea al entrar. Da con Fred y lo agarra, creyendo que es el forastero.
“Déjame en paz, papá —dice Fred—. Este no es el otro pájaro. Está muerto y a mí también me ha atrapado”.
—Bueno —dice el viejo—, eso debería bastarles. Pero es bastante duro para el Erie.
—¡Qué magnífico! —dice Bess cuando hubo terminado.
—Pero te deja un mal sabor de boca —dice Bishop.
—Y un buen apetito —le digo.
—¿Los mató a todos ese viejo? —preguntó la señora.
—Todo el mundo menos él mismo y Flamingo —digo yo.
—¿De qué estaba enojado? —dice ella.
—Lo volvieron loco de hambre —digo—. Su mujer, su cuñada y el novio se estaban muriendo de hambre al pobre.
—Como es ciego, prob'lemente derramaba cosas en la mesa —dice la señora—. A los hombres ciegos a veces les cuesta trabajo comer.
—El problema no se limita a los ciegos —digo yo.
Al salir, dejé que Bess y Bishop abrieran el camino, con la esperanza de que se dirigieran a un asador.
—No hay prisa por volver a casa —les grité—. La noche aún es joven.
Bishop se dio la vuelta.
—¿Hay algún buen lugar para tragar por allá por donde vives? —dice él.