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nydus/Gullible’s TravelsPublic
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III

el final y apechugar.

—Puedo bajarla tres —dijo la señora Collins—. Tengo siete espadas, con el as, el rey y la reina, y le cazaré la jota en la tercera salida.

—Y yo tengo el as de corazones —dice Messenger—. Aun si no hiciera ninguna baza, facilitaría los ases, así que nuestros trescientos por encima de la raya le dan a la señora Collins una puntuación de unos diez más que a la señora Garrett.

—Está bien —dice Garrett—. La señora Collins tiene derecho al premio de la dama.

—No quiero aceptarlo —dice la señora Collins.

“Tienes que aceptarlo”, dice Garrett.

Y le dirigió a su mujer una mirada que hablaba muy en serio.

De todos modos, ella se levantó y salió de la habitación, y cuando volvió estaba sonriendo.

Tenía dos paquetes en la mano, y le dio uno a Messenger y otro a la señora Collins.

—Ahí están los premios —dice—; y espero que les gusten.

Messenger desenvolvió el suyo y era una de esas fundas redondas de cuero que se usan para llevar cuellos de camisa adicionales cuando vas de viaje.

Messenger me había dicho antes, al atardecer, que no había salido de Chicago en seis años.

El premio de la señora Collins era un anafe.

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