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nydus/Gullible’s TravelsPublic
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IV. La Poinciana

Luego otros ayudantes más nos agarraron de a uno y fuimos relayados a un hermoso lugar al lado de la cocina y delimitado por todos lados por postes y pilares. Estaba bien para mí, pero demasiado privado para la patrona; así que tuve que llamar al tipo que había sido nuestro guía en la última etapa.

“No nos gusta esta mesa”, le digo.

“Es el único que puedo darte”, dice él.

Le deslicé medio dólar.

—Ahora que lo pienso —dice—, creo que hay uno del que me olvidé por completo.

Y nos trasladó bien arriba, casi hacia la mitad del lugar.

Digo, ¡tendrías que haber visto ese comedor! De punta a punta es una llamada de larga distancia, y si un hombre de los que estaba sentando en la mesa más alejada de la cocina pedía cordero asado, le daban carnero. Aun así, estaban a reventar y los jefes de meseros no daban abasto para encontrar sitio en el comedero para todos y cada uno.

Eran como las nueve cuando hicimos nuestro modesto pedido de zumo de naranja, avena, hígado con tocino, y tortitas con café, y más o menos a las diez menos cuarto cuando nuestro camarero volvió del naranjal más cercano con la Prueba A.

Nos entretuvimos entretanto echándole un vistazo a nuestros vecinos y preguntándonos cuál de ellos iba a hacer buenas migas con nosotros. Por lo que pude deducir de las miradas que recibimos, no había ningún peligro inmediato de que nos molestaran con atenciones.

A bordo solo había unas cuantas mujeres y andaban vestidas bastante discretas; tan discretas que la Señora tuvo miedo de escandalizarlas con la

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