esas comidas! Y nos estaríamos hospedando bajo el mismo techo que los Vanderbilt y los Gould, y comiendo en la misma mesa, y probablemente, antes de cumplir una semana allí, les llamaríamos Steve y Gus. Había baile todas las noches y todos los huéspedes bailaban entre ellos, ¡y qué se sentiría bailar un foxtrot con el presidente de la B. & O., o con las muchachas Delmonico de Nueva York! Y toda la alta sociedad de Chicago andaba por allá, y cuando los conociéramos los reconoceríamos para toda la vida y tendríamos amigos de verdad entre ellos cuando volviéramos a
Así era como ella lo tenía planeado y debía de haber estado practicando su discurso, porque desde luego a mí me sonó de maravilla.
Para abreviar, caí redondito y quedé con ella en verme en el centro al día siguiente para visitar a los bandidos del ferrocarril. El primero que vimos admitió que la suya era la mejor ruta y que solo nos clavarían ciento cuarenta y siete dólares con setenta centavos ida y vuelta a Palm Beach, incluido un compartimento de aquí a Jacksonville y tantas paradas como quisiéramos hacer. Nos dijo que no tendríamos que escribir para reservar alojamiento en ningún hotel porque los hoteles tenían un agente justo allí, en la calle Madison, que estaría encantado de hacernos de todo.
Así que le dijimos que volveríamos más tarde y luego nos piramos pitando al estudio local del Florida East Coast.
—¿Cuánto cuesta una habitación doble por semana? —le pregunté al hombre.
—Aquí no hay tarifas semanales —dice—. Por día serían doce dólares en adelante para dos en The Breakers, y catorce dólares en adelante en The Poinciana.
—Me gusta más el Breakers —digo yo.