clavarían por el viaje —digo.
—Más de diez centavos no creo, oiga —dice la señora.
Pero cuando habíamos alquilado uno y nos habían conducido a toda velocidad bajo las palmeras y pasando por el campo de golf hasta la casa de baños, nos vimos obligados a desprendernos de cincuenta centavos de curso legal y corriente.
—Me siento mucho más despejado —digo—. Creo que cuando sea la hora de volver podré caminar.
El balneario está cruzando la calle del otro hotel, el Breakers, que el hombre nos había dicho que estaba lleno por la temporada.
Las fachadas de los dos edificios dan al océano; ¡y, vaya, sí que es un océano! ¡Apuesto a que hay peces allí adentro que jamás se han visto unos a otros!