Hatch y su mujer salieron justo después de ellos, con la boca de Jim toda lista y abierta para empezar una guerra sin cuartel.
Tuttle era el triste. Tenía que esperar hasta llegar bien a su casa antes de insultar a nadie, y existía el peligro de que su mujer se hubiera quedado dormida.
En cuanto a la patrona y a mí, solo me tomó media hora hacerla llorar; y entonces, por supuest’*, se acabó la diversión.