lavandería no hubiera fallado en devolverles su otra camisa a tiempo.
Un tipo grandulón de uniforme pasó y se metió al cuarto de al lado.
«¿Ese es el capitán?», preguntó la Esposa.
—No —digo—, ese es el mayordomo.
«¿Y qué hace él?», me preguntó.
—Se pasa el día rondando por el bar —digo—, y cuida de los estofados.
—¿De verdad tienen bar? —dice ella.
—Averiguaré con certeza si me espera un minuto —le digo—, y la llevé hasta una silla desde donde pudiera verlos luchar.
En la otra habitación me quedé al lado de un griego que cobraba diez centavos los domingos y los días festivos. Estaba iluminado como el muelle municipal.