“Si el póker es un juego pésimo —les digo—, ¿por qué no jugamos a otra cosa?
El tipo que fabricó la primera baraja de cartas dispuso que los dos fueran la escoria del juego. El tipo que inventó el póker mantuvo los dos en su lugar correspondiente, algo de lo que reírse.
Sostengo que el póker es el mejor juego de cartas, sin ningún adorno.
- A uno no se le ocurre ver a la Liga Americana aprobar una regla para que los jugadores del cuadro interior jueguen con los ojos vendados con el fin de mejorar el béisbol.
- A los expertos en billar nunca se les ocurre meter tres bolas de objeto más en la mesa para que sea más fácil anotar.
- A las universidades jamás se les ha ocurrido dotar a los halfbacks de motocicletas para aumentar su velocidad.
Cuando metes comodines en una partida de póker le vuelas los sesos. Es un insulto al hombre que lo ideó. Tanto daría añadir el chiste de los dos irlandeses a la Declaración de Independencia para que sea graciosa”.
Y entonces nos ponemos a jugar, con los dos comodines en los botes.
Una vez cada seis o siete semanas gano lo suficiente para pagar lo que la patrona pierde.
Hatch sale mano a mano una de cada diez veces. Las otras nueve se retira con ganancias.
La señora Hatch, como le dije, pierde justo la cantidad que la hemos obligado a poner.
Joe Tuttle está más o menos en la misma barca que yo. Cuando su mujer tiene una mala noche y no pierde más de dos o tres pavos, tiene la oportunidad de ganarle al juego.