—Primero tomaré un poco de valor —digo. Y fue entonces cuando descubrí que costaba diez centavos extra, además de la propina, pagar por un trago del que ya eras dueño en plena propiedad.
Bueno, supongo que habremos bailado como unas seis piezas juntos y habremos tenido otras tantas peleas antes de que ella estuviera lista para irse a la cama. ¡Y oh, qué magnífico se sintió aquel viejo montón de heno cuando por fin me dejé caer en él!
Al día siguiente fuimos al océano a la hora reglamentaria: a las once y media. Nunca me había divertido tanto en la vida. Las olas venían bravas, les oí decir; y no sé qué preferiría hacer, si ir a bañarme al mar en Palm Beach cuando las olas vienen bravas, o que un dentista me prepare una muela para un gran empaste a gran costo. De vez en cuando lograba que una ola no me diera de cabeza al pegarme. En cuanto a nadar, tenías tantas posibilidades como si estuvieras en State y Madison a la hora del almuerzo. Y antes de que llevara un minuto dentro, había suficiente sal en mis distintos rasgos como para mantener al hotel Blackstone funcionando durante toda la temporada de cebollas.
A la patrona le gustó tanto como a mí. Al principio intentaba disimular, y cuando la derribaban soltaba un chillido que se supone significaba dicha celestial. Pero después de que la molieran a palos de la cabeza a los pies y tuviera el pelo con aspecto y textura de espinaca con aliño francés, y de haberse tragado toda el agua de la Corriente del Golfo que le cupo en la barriga, ya no opuso resistencia cuando la arrastré hasta la orilla y me a rrastré tambaleándome con ella hasta nuestras habitaciones privadas a cinco por cabeza a la semana.
Sin consultarle, fui al mostrador del Casino y les dije que podían devorarle esas habitaciones.
—Está bien —dice el empleado, y le entregó nuestras llaves al siguiente en la fila.