—Eso fue el mes pasado —digo.
—No me acuerdo si puse para el pozo o no —dice mi señora, y ¿qué hace sino volver a entrar? Y la señora Hatch ni pestañeó.
Quinn abrió este.
«¿Me quedo, cariño?», le preguntó su chica de miel.
—No puedo aconsejarte —dice—. Yo mismo estoy metido en esto.
—Vaya, no sabía que estabas —dice ella—. Por supuest’ que no voy a jugar contra mi viejo amor.
Las puso sobre la mesa, boca arriba. Era una de esas escaleras de salto. No habrías podido armar una jugada ni aunque hubieras robado siete cartas.
—Perdone usted, señora Quinn —digo yo—; pero, si el viejo amor no hubiera estado dentro, ¿qué es lo que iba a atracar?
—El siete y el nueve —dice ella—. Vivimos en la calle Setenta y nueve hasta hace dos años.
Bueno, Hatch aumentó y la señora, Tuttle y yo fuimos. Quinn le volvió a subir a Hatch. Hatch lo aguantó y Quinn dijo que no quería cartas. Hatch cogió dos. Quinn apostó veinte centavos y Hatch se retiró.
Tres jotas fue lo que tiró sobre la mesa. Quinn se llevó el bote; y no le habríamos dado importancia, de no ser porque la señora Quinn insistió en ver qué tenía Harry. Los examinó con atención.
—¿Qué es? —dice ella.
—Una escalera —dice Quinn.
“¡Ah, sí; claro!”, dice, y se los enseñó a todos nosotros.