Pues la señora Garrett había llamado para decir que el piscolabis de antes del partido empezaría a las siete en punto; así que la parienta y yo calculamos estar allí a las seis y media, para entablar amistad con algunos de nuestros compañeros de club y saber cómo llamarlos cuando quisiéramos que nos pasaran la salsa o lo que fuera.
Pero tuve problemas con los botones de la pechera y no fue hasta casi las siete menos veinte cuando llamamos al timbre de los Garrett.
La criada nos dejó pasar y nos tuvo de pie en el vestíbulo mientras iba a decirle a la señora Garrett que ya habíamos llegado.
Al poco rato volvió la muchacha y dijo que nos quitaría los abrigos y que la señora Garrett estaría con nosotros en unos minutos.
Así que nos pasaron a la sala de estar.
El apartamento estaba en el segundo piso y parecía como dos veces más grande que el nuestro.
—¿Cuánto te imaginas que les cuesta esto? —preguntó la señora.
—Más o menos cincuenta y cinco al mes —le digo.
“¡Estás loca!”, dice ella. “Tienen esta sala enorme y dos habitaciones grandes, y un cuarto de servicio y un solárium, además del comedor, la cocina y el baño. Tienen suerte si no les clavan setenta”.
—¡Te apuesto! —digo—. ¡Te apuesto a que está más cerca de los cincuenta y cinco que de los setenta!
«¿Cuánto apostamos?», dice ella.