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nydus/Gullible’s TravelsPublic
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IV

Bueno, no le arruiné la sorpresa a la señora. Solo le dije que quería que conociera a un joven amigo mío de la oficina, que acababa de casarse y no conocía a mucha gente ni salía demasiado, así que pensé que estaría bien brindarles un buen rato. Y, por supuesto, echaríamos una partidita amistosa, porque a Quinn le chiflaba el póker.

Decidimos invitar a los Hatch y a los Tuttle, y la señora iba a mirar desde la barranca, porque ocho son demasiados.

Pero, por capricho del destino, la noche que elegimos fue aquella en la que la criada de la señora Tuttle salió, y ella tuvo que quedarse en casa a cuidar al pequeño Joe y a Millicent. El gran Joe, en cambio, dijo que vendría solo.

Él y los Hatch ya estaban allí cuando llegaron soplando Quinn y la mejor mujercita que un hombre ha tenido jamás.

Ahora bien, yo siempre le doy a la gente lo que se merece. La señora Quinn es una muchacha de muy buen ver. Si la hubiera conocido cuando ambos éramos jóvenes y solteros, tal vez me habría enamorado de ella yo mismo, a condición de no haberla oído hablar.

En primer lugar, tiene una voz exactamente igual a uno de esos silbatos de aire que el banderillero no para de tocar cuando están metiendo marcha atrás al Expreso Limitado.

En segundo lugar, toda su conversación es tan empalagosa que, cuando termina una frase, te dan ganas de comerte un pepinillo.

Y, además de eso, está en la última y peor fase de la risitis.

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