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nydus/Gullible’s TravelsPublic
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IV. La Poinciana

Cuando llevábamos allí cuatro días, se puso a tiro de habla con la doncella de las señoras que rondaba por el vestíbulo y ayudaba a volver a ponerse los trajes cuando se caían.

De esta criada de aquí, la patrona se enteró de quién era quién, y la información me la transmitía en cuanto había oportunidad.

Estábamos sentados en el porche cuando de repente sentía un codazo en las costillas. Miraba quién pasaba y luego intentaba fingir que estaba entusiasmado.

“¿Quién es?”, susurraba.

“Esa es la señora Vandeventer”, decía la Esposa. “Su marido es el mayor cobrador de tranvía de Filadelfia”.

O alguien se sentaba al lado nuestro en la playa o en el Palm Garden y mis costillas ya estaban hechas papilla antes de que la señora estuviera lo bastante tranquila como para avisarme.

—Los Vincent —decía—, los de las ciruelas pasas enlatadas.

Era un poco emocionante al principio andar codo a codo con to's esos famosetes; pero al final llegó a ser tanto que podía salir del comedor justo detrás de Scotti, el cantante de ópera, sin olvidarme de que me dolían los pies.

El baile del cumpleaños de Washington los reunió a todos de golpe, y la señora me señalaba de a ocho y de a nueve a la vez y me hizo hacer tal lío que ya no sabía distinguir a Pat Vanderbilt de Maggie Rockefeller. De la única que no te podías equivocar era de un conde ruso cuyo nombre no se podía pronunciar. Estaba comprando mulas bayas o algo así para el gobierno ruso, y andaba emboscado.

—Dicen que apenas sabe decir una palabra en inglés —dice la señora.

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