que me sableó fue la noche en que nos llevó a escuchar a Ada, y se suponía que iba a pagarlo él.
—No lo puedo creer —dice la señora.
—Está bien —digo—. Cuando traiga a Bessie del partido de béisbol mañana, se lo plantearé directo en tu misma cara.
—¡No! ¡No debes hacer eso! —dice ella—. No permitiré que lo insulten.
“Usted lograría que lo insultaran si yo supiera cómo hacerlo”, digo.
—Te quedaste en lo de Tim demasiado tiempo —dice la Esposa.
—Sí —digo yo—, y hice arreglos para quedarme allá cada vez que el obispo venga por aquí.
—Allá tú —dice ella, y fingió que estaba dormida.
Bueno, a la mañana siguiente me puse a pensar en lo que había dicho y a preguntarme si me había pasado de la raya. Pero no veía en qué.
Este tipo era un petimetre que se había hecho amigo de Bessie en el tren cuando ella venía para acá a visitarnos el invierno pasado. Se había metido en la casa todo el tiempo que ella estuvo con nosotros. Nos había soltado ese cuento de los diez mil dólares y nos había dicho que los había ganado escribiendo obras de teatro para el cine, pero nunca vimos ninguna anunciada ni nos topamos con nadie que hubiera oído hablar de él.
La señora lo había fichado para Bess en cuanto lo vio. A la propia Bessie le había entrado un flechazo tremendo por él. Para evitar que ambas me echaran cianuro en las gachas, me lo había llevado con nosotros a ver El amor de las tres naranjas, además de comprarle víveres y provisiones para casi una semana y hacerme cargo del mantenimiento del diván donde él y Bess se daban la mano. Por fin, después de tirarse seis días sin presentar ni siquiera