cuando el amor verdadero estaba de por medio, y la Señora se pondría de su parte, y llorarían un poco, y acabarían por mandar a buscar a Bishop y a un reverendo para asegurarse de que la ceremonia se celebrara antes de que Bishop perdiera su empleo de cinco dólares y estirara la pata.
Entonces pensé en prohibirle la hospitalidad de mi morada. Pero eso habría sido igual de inútil.
Se verían en otra parte, y si amenazaba con dejar a Bess fuera con llave, la Esposa volvería con una contrapropuesta de no darme más remolachas guisadas ni soufflés de plátano.
Aparte de eso, los métodos de fuerza nunca matan el dulce amor, sino que actúan justo al revés y hacen que los infectados se empeñen más en conseguirse el uno al otro.
Este caso era algo delicado, y si un hombre no lo manejaba exactamente bien, nunca terminaría de arrepentirse.
Así que, en vez de ponerme a discutir con la Mujer y Bess, y armar un escándalo porque Bishop se pasaba ocho noches a la semana con nosotros, mantuve la boca cerrada y trataba de ser amable, incluso cuando ganaba una mano de rummy y veía a este tipo perder descuidadamente algunas de las cartas con figura que le quedaban bajo la mesa.
Tuvimos una racha de calor horrible en julio y no tenía gracia ninguna jugar a las cartas, ni ir al cine, ni nada. Los sábados por la tarde y los domingos, la parienta y yo íbamos al lago a darnos unos chapuzones. Bess solo nos acompañó un par de veces; eso fue porque no conseguía que Bishop viniera. Siempre decía que estaba ocupado, o que tenía un catarro y temía empeorarlo.