Le prometí a la parienta que si alguien me preguntaba qué tal lo había pasado en Palm Beach, le diría que me lo pasé genial. Y si me preguntaban a quién conocimos, les diría que a todo el mundo que valía la pena conocer. Y si me preguntaban si el viaje no había costado un dineral, diría que sí; pero que valía la pena.
Le prometí que no contaría ninguno de los detalles de verdad. Pero si no puedes romper una promesa que le hiciste a tu propia mujer, ¿qué clase de promesa se puede romper? Respóndeme a eso, Edgar.
No soy de esta clase de gente que se guarda una broma solo porque la broma era a costa suya.
Pero hay muchos de nuestros amigos a los que no dejaría que se enteraran de esto por nada del mundo. No te lo contaría, solo que sé que tú no eres el chismoso del pueblo y no se lo vas a soltar a nadie.
Ni siquiera a tu propia señora, ¿ves? No confío en ninguna mujer.
Fue allá por el pasado mes de enero cuando a la parienta y a mí nos picó el gusanillo de la alta sociedad. Creo que fue en la ópera. ¿Te acuerdas de que te conté que fuimos nosotros y los Hatch a Carmen y luego llevé a mi costilla y a su hermana, Bess, y a cuatro de una misma calaña llamados Bishop a ver Los tres reyes?
Pues bien, reconozco que me gustó ponerme el frac, mezclarme con la flor y nata y fingir que de verdad éramos alguien. Y sé que mi mujer también lo disfrutó, aunque en ese momento no dijimos nada el uno al otro.