y a los camioneros millonarios, y a las herederas del Departamento de Puntillas, tendidos aquí y allá en los camarotes y sobre las cubiertas, exhalando su último suspiro. ¡Y cómo debieron de sentirse al pensar que todo su gasto en palomitas y manzanas había sido una pérdida total!
Pero Bishop no estaba enfermo. Registré el barco desde la popa hasta la proa y no estaba a bordo. Supongo que probablemente se enteró de algún modo de que existía una institución como el Père Marquette, que llega a Chicago sin tocar esas peligrosas cordilleras de cobre. Pero si llegó a salvo o no, no lo sé, porque no lo he vuelto a ver desde aquel día hasta hoy, y he vivido feliz para siempre.
Y mi inversión, que sumaba en total más o menos lo que él me debe, resultó aún mejor de lo que había esperado.
Bess regresó a Wabash ese lunes por la tarde.
En la cena del lunes por la noche, que fue la primera comida que la señora pudo soportar, dice:
“Todavía no lo entiendo del todo. Bess jura que no tuvieron ninguna pelea; pero juro por lo más sagrado que estaban enamorados el uno del otro. ¿Qué pudo haber pasado?”
—Sé lo que pasó —digo—. ¡Se conocieron!