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nydus/Gullible’s TravelsPublic
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III

Habíamos reservado habitaciones por telégrafo en el Alcázar, y cuando desembarcamos en San Agustín, había un autobús del hotel esperándonos en la estación.

—Hospitalidad sureña —le digo a la Esposa, y los dos estábamos contentos hasta que nos sacaron cuatro reales a cada uno por el viaje.

Pues ninguno de los dos habíamos dormido bien la noche antes, mientras íbamos traqueteando por Georgia; así que cuando sugerí una siesta no hubo discusión.

“Pero nuestra ropa necesita un planchado —dice la señora—. Llama al ayuda de cámara y que lo haga mientras dormimos”.

Así que llamé al aparcacoches, y dicho y hecho, vino.

—¡Hola, George! —le digo—. Mira, nos vamos a echar a dormir una siesta, y nos preguntábamos si podrías planchar estos dos trajes y tenerlos aquí de vuelta para cuando los necesitemos.

—Desde luego, señor —dice él.

—¿Y cuánto va a costar? —le pregunté.

«Un dólar por traje», dice.

—¿Estás en libertad condicional o es que nunca te han pillado? —digo yo.

—Sí, señor —dice, y sonrió como si fuera un chiste.

—Hablemos de negocios, George —le digo—. El sastre al que vamos en la Sesenta y tres camina dos cuadras para buscar nuestra ropa, y dos

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